—¡Qué gente! ¡Qué jóvenes!—murmuró—. Ese Echegaray vale poco. A mí no hay lluvia ni nieve que me haga efecto.
El cura decía la verdad. Era duro como una piedra.
Al principio de la enfermedad de Aviraneta, la Fermina le cuidó muy bien; pero cuando entró en la convalecencia, ella y él se tiraban los trastos á la cabeza.
A la Fermina le asustaba mucho pensar en el infierno, y decía á Aviraneta que tenían que confesarse y ver al cura.
—¡A los curas! ¡A presidio los llevaría á todos!—decía Eugenio.
Ella, al principio, se incomodaba; luego le decía:
—Tú pierde tu alma si quieres; yo ya me salvaré.
—¿Salvarte?—le contestaba él en broma—. No se cómo: has matado, has dicho mentiras, dejarías de ser mujer si no las hubieras dicho; amores has tenido, iracunda eres como pocas, golosa también, envidiosa ídem; conque si no te metes monja después de la guerra y te azotas, no se cómo te las vas á arreglar con tu alma.
—¡Ese Eugenio—añadió Ganisch—tiene unas ocurrencias...!
—Y ella ¿qué hacía al oir esto?—pregunté yo.