Tiene Salas un castillejo en el vértice de una colina próxima al río, el castillo de Castrovido, y un palacio grande, el de los infantes de Lara. Castillo y palacio deben estar ya completamente en ruinas, si la devastación iniciada en la guerra de la Independencia ha seguido en la carlista, como ha debido de seguir, si es que no ha aumentado.
No se ve aldea alguna en derredor de la villa; entonces, durante la campaña, sus alrededores eran un desierto.
Salas tiene un punto de reunión bastante animado los días de feria, que suelen ser los jueves: la plaza Mayor.
En los soportales de esta plaza, en las bodegas hay figones bajos de techo, ahumados, con unas cuantas mesas de pino blancas y una fila de barricas sostenidas por largueros.
A la puerta de los figones suelen ponerse los días de mercado algunas viejas á vender callos con guiso de pimentón en un barreño. Yo conocía todos los figones del pueblo.
Lara y yo frecuentábamos el figón del Obispo y el de la Mujer Muerta, donde solíamos comer los exquisitos peces del Arlanza.
Hontoria y Salas eran para nosotros, acostumbrados á merodear por el campo, capitales importantes.
Dos barrios hay en Salas bastante separados el uno del otro: el de Santa María, casi todo el pueblo, llamado así por hallarse alrededor de la iglesia parroquial, y el de Santa Cecilia, por estar cerca de una ermita de este nombre levantada á orillas del Arlanza.
Un puente que pasa por encima del río une el camino que va de una á otra barriada.