En el barrio de Santa Cecilia había por entonces una casa grande, de piedra berroqueña, antigua, ennegrecida por el tiempo y por los musgos, agujereada, con los aleros rotos: la Casa del Duende.

Se entraba en ella por un postigo lleno de grandes clavos, porque la puerta principal, rota, estaba sujeta con hierros y no podía abrirse.

Era su zaguán ancho, obscuro, con una columna de granito en medio.

A mano izquierda comenzaba la escalera, torcida, apolillada, que subía hasta el desván.

Varias veces estuvimos los del escuadrón alojados en esta casa.

Lara y yo habíamos andado por todos sus cuartos y rincones, á riesgo de caernos, porque los suelos se hallaban agujereados.

Se encontraban aún en este caserón salas hermosas con chimeneas de piedra, vigas talladas en el techo, marcos de ventanas apolillados llenos de adornos, puertas de cuarterones, cerraduras roñosas y algunos viejos cuadros desgarrados y negros.

El desván era enorme: tenía grandes solivos de los que colgaban sarmientos secos; el tejado, roto, dejaba por todas partes ver el cielo, y los días de lluvia entraba libremente el agua por sus boquetes.

En esta casa habían estado alojadas muchas veces las tropas españolas y francesas. En aquel tiempo servía de cuartel y al mismo tiempo de cárcel á Merino.

La casa tenía varios calabozos con puertas sólidas. Merino había mandado arreglarlos y ponerles rejas, y allí encerraba á los presos.