Hacia el monte, se extendía una huerta con una tapia que en otro tiempo debió de ser hermosa, pero que talada y cubierta de ortigas, de zarzas y de jaramagos, presentaba un aspecto de desolación y de tristeza.

Esta casa ruinosa, y de aire melancólico, con sus agujeros, sus chimeneas rotas, sus aleros destrozados y sus lechuzas que chillaban de noche, hubiera influído en nuestra imaginación, si la vida activa que llevábamos nos hubiera permitido el lujo de tenerla.

No pensaba yo que en esta casa había de estar preso.

LA FRASE DE BAILLY

Aquella tarde, al anochecer, en el atrio de Santa Cecilia, me comunicaron la orden de prisión, me quitaron la espada y me llevaron preso.

Lara y yo, custodiados por un oficial y ocho soldados, llegamos á la Casa del Duende.

En el portal llamaron al Cojo, que hacía de alcaide.

El Cojo era un guerrillero viejo, inválido, con una pierna de palo. Vestía calzones cortos, medias blancas, camisa de cáñamo, chaleco de sayal con solapas vueltas, pañuelo atado á la cabeza y sombrero encima.

Llevaba en la mano cuatro ó cinco llaves, metidas en un alambre, que tintineaban al mover el brazo.

Subimos con el Cojo y la escolta hasta el segundo piso y se encerró en un cuarto á Lara y en otro, enfrente, á mí.