Mi calabozo estaba restaurado hacía poco tiempo; tenía una puerta sólida, una ventana pequeña en el grueso muro y un banco. Hacía un frío terrible. El Cojo me advirtió que había pasado la hora del rancho y me trajo una manta raída.

Me senté en el banco; luego me tendí en él sirviéndome de la manta como de almohada.

Apenas pude dormir. Sólo un momento, al amanecer, logré cerrar los ojos.

Me desperté al oir el tintineo de las llaves del Cojo y el ruido de su pierna de palo, que golpeaba en los suelos de madera como si fuera un martillo.

Hablé con el alcaide que me traía el rancho, y pude comprender que mi situación era grave.

La segunda noche fué igualmente mala, ó peor que la anterior; el frío me tenía aterido. El viento, en los árboles lejanos, metía un ruido como de descargas cerradas. A veces me hacía la ilusión de si serían los franceses que atacaban el pueblo y entraban en él.

—¡Mala suerte ha tenido usted, don Eugenio!—me dijo el Cojo, por la tarde, al traerme la comida.

Sus palabras achicaron mi valor.

A mediodía se abrió la puerta y entró Fermina.

—Prepárate á morir cristianamente—me dijo; y me entregó un libro de misa.