Me levanté enfurecido.

—¿A qué vienes?—grité—. ¿Vienes á recrearte viéndome condenado á morir?

—No, Eugenio; quiero que salves tu alma.

—¡Mi alma! ¡ja! ¡ja!—exclamé y cogí el libro de misa y lo tiré al suelo—. Yo moriré maldiciendo de vuestras mamarrachadas, de vuestros santos y de vuestras ridiculeces. ¡Si soy liberal, revolucionario, negro, y le pegaría fuego á todas las iglesias y haría una hoguera con los altares! Sí; creo que vuestra religión es una farsa y vuestros curas unos canallas, hipócritas, miserables. Creo que vuestros frailes son unos cerdos y las monjas unas tías egoístas que yo distribuiría en los cuarteles para entretenimiento de los soldados. Creo que los religiosos sois peores que nadie. Vuestra religión no os impide ser crueles, mentirosos, sanguinarios, viciosos. Sois despreciables. Vete de ahí; no quiero verte. No quiero salvar mi alma.

Fermina, asombrada de mi exabrupto, no replicó nada, y, acercándose á la puerta, se fué.

Comprendí que había estado cruel con ella, pero esto desahogó mi furia.

Al encontrarme solo quedé más tranquilo. Realmente, no tenía miedo á la muerte. ¡Morir á los veinte años! Lo único que me molestaba era el flujo inoportuno de pensamientos.

Aquella necesidad de agotar todas las ideas, de seguirlas y de desarrollarlas no me dejaba dormir.

Si me llegan á sacar en aquel instante al cuadro, me fusilan en medio de un razonamiento.

Pensé en si este último día de mi vida valdría la pena de tener remordimiento. Me acordé del alemán Müller á quien había matado en duelo... nada.