—Después de todo, la guerra se va á acabar—pensé luego—y la vida se va á hacer aburrida. ¿Qué pasará luego? ¿Qué será España dentro de cincuenta años, dentro de cien?
Estuve fantaseando durante largo tiempo; pero la idea de la muerte próxima interrumpía mis elucubraciones.
¡Morir! No tenía miedo. Lo único que me desagradaba era pensar si mis fuerzas se debilitarían en el supremo momento.
Siquiera en el acto hubiese gente gritaría:
—¡Viva la libertad! ¡Viva España!
De pronto pensé en que pocas horas después estaría debajo de tierra y me estremecí con un temblor. Realmente, no sabía si era del frío del cuarto ó de la terrible idea de la muerte.
Me acordé de lo que me contó mi tío Etchepare del astrónomo Bailly, cuando éste sabio presenciaba los preparativos del verdugo en la guillotina que le tenía que cortar la cabeza, bajo la lluvia de un día invernal. Alguien le había dicho, poniéndole la mano en el hombro: «Tiemblas, Bailly»; y él contestó con sencillez: «Sí, amigo; tengo frío».
Este recuerdo me hizo reir sin saber por qué.
LA CANCIÓN DE GANISCH
En aquel estado desvariante pasé el segundo día. Cada noche me parecía un siglo.