La tarde del tercer día, una tarde lluviosa, triste, oí desde mi cuarto varias veces el grito del mochuelo.

De pronto me asaltó la idea. ¿Sería una señal de Ganisch?

Me agarré á los hierros de la reja, asomé la cabeza y silbé suavemente.

Al poco tiempo contestó otro silbido. Era Ganisch, que andaba, sin duda, rondando la tapia de la huerta por la parte de atrás de la casa.

Se me ocurrió si sería algún lazo que me tendían. ¿Pero, para qué, si estaba ya preso? Estuve agarrado á la reja, tembloroso, haciendo esfuerzos.

De pronto, Ganisch comenzó á tararear el aire vasco de André Madalén.

¿Me tendría que decir algo? Yo así lo esperaba.

Ganisch, sin duda, se cercioró de que le oía por mis silbidos, y entonces cantó en vascuence:

Mesaco libru burni chiqui bat

Erdi erdiyan daucazu.