Gau arratzian zaude leyoan

Ni campotic errandizaitut.

(En el libro de misa tienes en medio un hierro pequeño. Hoy por la noche estate en la ventana. Te hablaré desde el campo.)

Bajé de la reja con las manos desolladas y me tendí en el banco que me servía de cama.

—¿Qué libro de misa es este?—pensé—. ¿A qué podía referirse? ¿Me estaría diciendo necedades aquel hombre?

Me levanté, y á la luz del crepúsculo vi en un rincón el libro de misa traído por Fermina.

¿Habría allí algo?

Cogí el libro con ansiedad, lo hojeé: nada. Tiré con rabia de la pasta, y vi que ocultas en el lomo había dos sierrecillas finas.

El descubrimiento me produjo una gran agitación.