Era necesario decidirse rápidamente. ¿Por dónde se podía intentar la fuga? Por la reja me pareció difícil. Tenía cinco barrotes verticales y tres horizontales. Hubiera sido preciso limar el espesor de diez y seis hierros. Pretender doblarlos era imposible.

Estudié la puerta. A la altura de un hombre tenía un ventanillo, de poco más de un palmo, con dos barrotes en cruz; las junturas de la puerta no dejaban resquicio para limar el cerrojo ó la lengüeta de la llave.

Calculé que si cortaba los dos barrotes del ventanillo, sacando el brazo, por el agujero, podría desde dentro dar vuelta á la llave, que estaba bastante alta, pero no llegar á descorrer el cerrojo, que se encontraba muy bajo.

Estuve pensando mucho tiempo qué podría hacer.

Había obscurecido. Era ya de noche, una de esas noches largas de invierno. Llovía y soplaba un viento fuerte y frío. Del vestíbulo llegaba una ligera claridad producida por el resplandor de un candil.

Hice un inventario de todos los objetos que tenía y di mil vueltas en la imaginación pensando si podría aprovecharme de alguno.

La cuestión del cerrojo era la que me preocupaba; cortarlo con la lima era imposible; llegar á él sacando el brazo desde el ventanillo, también.

Pensé en utilizar la vaina del sable que me habían dejado. No tenía resistencia bastante, pero podía dársela con los dos barrotes de hierro que pensaba sacar del ventanillo.

El Cojo, como todas las noches, fué y vino por la escalera haciendo sonar sus llaves y su pata de palo. Cuando se marchaba comenzaba yo á limar, y al volver dejaba mi trabajo.