Para las diez de la noche tenía los cuatro hierros del ventanillo lo bastante limados para poder romperlos al menor esfuerzo.
Rendido, me eché sobre el banco y estuve con el oído atento por si Ganisch me hablaba, como había dicho.
Varias veces me levanté y tuve que tenderme de nuevo. Poco después de dar las once en el reloj de la iglesia sonó á lo lejos el grito del mochuelo.
Era Ganisch. Me agarré á la reja, tembloroso.
Luego se oyó una voz que cualquiera hubiera podido tomar por un relincho.
—Ai...zac—(Oye.)—dijo Ganisch.
Hablaba en vascuence para que no le entendieran.
—Amabiyetan (A las doce).
Pasó un largo rato.
—Iriquí atea (Abre la puerta).