—Igó gambará (Sube á la guardilla).
—Gambará... ezquerretará..., ate chiquia... iriquiya dá (En el desván, á la izquierda, una puerta pequeña está abierta).
La idea de poder huir produjo en mí una intranquilidad cada vez mayor.
Estaba febril, impaciente.
El Cojo iba y venía, haciendo, sin duda, sus preparativos para pasar la noche. A las doce menos unos minutos se oyó su pata de palo resonar en el suelo, y después en la escalera.
Se llevó el candil del vestíbulo y quedó todo á obscuras.
Inmediatamente tiré de la cruz de hierro del ventanillo y, empujando con fuerza, la arranqué. Con ella en la mano, separé á tientas los dos barrotes y los metí, envueltos en hojas del libro de misa, en la vaina del sable. Así ésta abultaba más.
Luego llevé el banco delante de la puerta, saqué todo el brazo izquierdo por el ventanillo, agarré la llave con la mano y le di dos vueltas.
Como soplaba tan fuerte el viento, el ruido no se notó.
Después introduje por el ventanillo la vaina del sable atacada con los dos barrotes y los papeles, y fuí balanceándola para ver si daba en el cerrojo y llegaba á descorrerlo.