A la media hora de maniobra tuve que dejarlo. Estaba inundado de sudor y á punto de caerme mareado.
Volví de nuevo á la faena. Me encontraba nervioso, convulso.
En esto llegué con un golpe casual á descorrer el cerrojo.
En aquel mismo momento se oyó ruido en la escalera. Estuve escuchando anhelante, con el corazón oprimido. Viendo que no subía nadie, empujé la puerta, que chirrió ásperamente sobre sus goznes, y de puntillas salí al vestíbulo.
EL GATO
A tientas llegué á la puerta de enfrente, donde habían encerrado á Lara.
Abrí la llave y el cerrojo.
—¡Lara!—dije en voz baja.
—¿Quién es?—preguntó una voz desconocida.
—¿No estás aquí, Lara?—volví á preguntar.