—Ayer le sacaron de aquí porque estaba enfermo.

El Gato quería bajar la escalera, pero yo le indiqué debíamos subir al desván.

De puntillas llegamos arriba.

El Gato llevaba varios meses en el calabozo, y quizá por esto, ó porque era una especialidad suya, veía á obscuras, como un verdadero felino. Cierto que había una ligera claridad que entraba por los agujeros del tejado. El Gato me indicó dónde había una puertecilla.

Avanzamos los dos por el desván, tanteando, porque el suelo, de madera carcomida, tenía grandes boquetes. De no afirmar bien el pie, podía uno desaparecer como por escotillón. Se oía el batir de alas de una lechuza ó de alguna otra ave que tenía allí su escondrijo.

Llegamos á la puerta y la abrimos. Daba á una escalera ruinosa. Fuimos bajando ésta con cuidado; las maderas, apolilladas, crujían á medida que poníamos los pies en los carcomidos peldaños. Luego, los escalones estaban húmedos, resbaladizos y rotos.

Terminamos la escalera, y al final encontramos una tabla que cerraba un ventanillo. La empujamos y salimos á un estercolero. Este estercolero tenía una puerta cerrada con una tranca. El Gato se remangó los pantalones y, metiéndose en un lago de basura, llegó á la puerta y la abrió. Después me quité yo las botas y las medias y pasé también.

Salimos al huerto, abandonado y lleno de hierbajos. Me limpié las piernas con unas hojas y me calcé de nuevo. Escalamos la tapia, que no era muy alta. Estábamos libres.

No había hecho mas que saltar, cuando sentí á «Murat», á mi perro, que me puso las patas en el pecho.