Le acaricié y le seguí. Fuimos tras él el Gato y yo, cruzando matorrales, hasta encontrarnos á Ganisch, que esperaba con dos caballos de la rienda.

—¿Cómo nos vamos á arreglar? Somos tres—exclamé yo.

Ganisch me dijo en vascuence que dejáramos al Gato; pero no me pareció prudente.

El Gato, con nosotros, podía ser un auxiliar eficacísimo; en contra de nosotros, constituía un gran peligro. Tanto como á él nos debía importar su salvación.

El Gato, viéndome indeciso, dijo:

—Llévenme ustedes una hora á caballo hasta salir y alejarnos del pueblo. Luego iré á pie.

Montamos Ganisch y yo, y el Gato en la grupa de mi caballo, agarrándose á mí. Ganisch me dió una carabina y un sable.

Salimos de la carretera y comenzamos á marchar hacia Palacios de la Sierra.

A un cuarto de legua del pueblo un centinela nos dió el alto: ¿Quién vive? gritó.

Ganisch picó espuelas, yo hice lo mismo, y los caballos se pusieron al galope.