Volvimos á la ferrería abandonada é hicimos fuego. No teníamos que comer. Nos echamos en el suelo con las piernas hacia la llama.

El Gato tardó mucho en tumbarse; quizás temía ó sospechaba algo. Ganisch hacía que roncaba perfectamente. Por fin se tendió el Gato. Ganisch se irguió, me miró, y lanzándose sobre él, le tapó la boca con la gorra. Yo, inmediatamente, le sujeté los brazos, y con un pedazo de venda que llevaba arrollada en las piernas, le até.

El Gato no resistió. Tenía un estoicismo extraño. Viendo que no le queríamos matar, quiso parlamentar con nosotros, pero Ganisch no aceptó.

—No, no—dijo, y con razón—. Eres capaz de denunciarnos por unos maravedises. Llevaremos tu dinero y te dejaremos aquí.

—No—agregué yo—. Tomaremos lo necesario, nada más. No somos ladrones. Con dos onzas nos bastan.

—¡Dos onzas! ¡Dios mío!—gimió el Gato.

—Eres un asqueroso avaro—le dije yo—. Te he libertado de la cárcel, y aun así me niegas unas pesetas.

Ganisch le desató el cinturón donde guardaba su tesoro, y yo cogí dos onzas y otras monedas pequeñas.

—Bueno; ahora pónselo otra vez.

Ganisch le ató de nuevo el cinturón.