Hecho esto le dejamos al Gato bien sujeto y tendido sobre un montón de paja.
Salimos de la ferrería y pasamos por la Muedra, un lugar desierto con unos cuantos casuchos.
Seguimos andando de noche, hasta que se presentó la mañana, triste, lluviosa.
Al mediodía encontramos un carro de bueyes. Dijimos al boyero que éramos españoles prisioneros de los franceses, que habíamos logrado escapar. El boyero nos dió un poco de pan y nos dijo que debíamos seguir á Cidones.
Al anochecer de este día íbamos tan cansados, que decidimos pedir auxilio á cualquier destacamento francés que encontráramos.
El cansancio y la molestia eran enormes.
Marchábamos de noche perdidos, cuando topamos de pronto con una ermita abandonada. Se la veía á la luz de la luna con su cruz y su soportal, en cuyo fondo brillaba una lámpara de aceite iluminando á un Cristo. Adosada á la ermita había una casa pequeña con dos ventanas y una puerta. Llamamos. Salió á abrirnos un viejo ermitaño, barbudo y tembloroso, á quien yo conté lo que nos pasaba.
El viejo nos llevó al lado de la lumbre, y nos dió pan y una jarra de leche.
El ermitaño hizo algunas reflexiones acerca de la guerra y de las maldades de los hombres; pero viendo nuestro cansancio dejó de hablar y nos indicó que nos tendiéramos cerca del fuego en dos sacos de paja. Así lo hicimos mientras él quedó rezando.