A la mañana siguiente, al preguntarle al ermitaño lo que le debíamos, nos dijo que nada, y que si queríamos, podíamos quedarnos con él hasta que mejorara el tiempo.

Le dimos las gracias, pero le dijimos que nos era indispensable llegar cuanto antes á Soria.

El ermitaño nos indicó un panadero de un pueblo próximo, que alquilaba caballos; le buscamos, y con un tiempo seco y frío, salimos camino de Soria, adonde llegamos por la tarde.

Fuimos á la posadilla de la Merced, el primer parador que encontramos á mano. La moza nos hizo pasar á la cocina, grande y alta, con una plataforma con barandado de madera encima del fogón, y allí mismo nos reconfortamos con el calor de la cena y del fuego.

Trabamos conversación con dos hombres de Villaciervos que parecían pastores de nacimiento, con sus capas blancas y su capucha, y éstos nos dijeron que el cura Merino estaba en aquel momento cerca de Burgos.

Al día siguiente salimos á la calle y compré ropa para Ganisch y para mí.

La impresión que me hizo el lavarme con jabón, el vestir ropa limpia y el acostarme en una cama, fué extraordinaria.

Me parecieron estas cosas que en la vida ordinaria no se estiman el refinamiento más exquisito y sibarítico de que puede gozar un hombre.