EPÍLOGO

Puesto que quieres saber lo que hice después de llegar á Soria—me dijo Aviraneta—te lo contaré.

Pocos días más tarde, Ganisch y yo salimos en una galera para Madrid.

Ganisch estuvo en mi casa unas semanas y luego se marchó á Irún. El granuja de él, á pesar de que no me lo dijo, se había quedado con algunas onzas del Gato.

Yo, acostumbrado á la vida de merodeador, no me hallaba en Madrid á gusto.

Tampoco tenía con quien hablar. Los afrancesados y la gente de mis ideas, huían de España. Se había despertado un entusiasmo extraordinario por el rey, y por todas partes se cantaban canciones en honor de Fernando, ¡Ay, Fernando mío! ¡Ay, dulce esperanza!

Tanto cariño por un miserable canalla como aquél, que mientras los españoles se mataban por su causa, felicitaba á Napoleón, era cosa que daba asco.

Yo, disgustado de todo, no quería ver á nadie.

Por las mañanas me acordaba de la sierra, del canto de los pájaros en el follaje, del murmullo del agua en el regato, de nuestras marchas y contramarchas...