Sentía un aburrimiento terrible, no podía vivir. Me parecía que la luz del mundo había sufrido un eclipse, y que me encontraba en una penumbra. Solía andar por los alrededores con mi perro, pensando en nuevas empresas.

No dije nada á mi familia de lo que me había pasado, y pretexté que el cura Merino se había mostrado poco propicio á reconocerme los grados.

En Madrid, por entonces, había calma.

Los dos ejércitos regulares, el aliado y el francés, se preparaban á luchar en el Norte.

Cuando en Junio se supo el éxito de la batalla de Vitoria, hubo gran satisfacción en todo el pueblo. Ya el final de la guerra se veía próximo. Comenzaba la época de los regocijos y recompensas.

Otros muchos, no con más méritos que yo, eran capitanes, comandantes, coroneles.

Yo podía haber sido capitán á los veintiún años, y no era nada.

Por el contrario, estaba expuesto á que alguien me denunciara.

Pensé varias veces en escribir al Empecinado, y ver si en sus filas podía resarcirme de alguna manera del tiempo perdido; pero por esta época las partidas de guerrilleros no tenían ocasiones de lucirse.