Me presenté á la señora de Arteaga, para ver si ella, con su influencia, podía arreglar mi asunto.
Doña Luisa, muy partidaria mía, me prometió hacer todo lo posible para conseguir mis deseos. Después, me habló de su hijo Ignacio.
Ignacio estaba enfermo en un depósito de prisioneros de Chalon-sur-Sâone, y por las cartas que escribía se encontraba mal, en un estado de tristeza y de postración lastimoso.
Doña Luisa hubiera querido enviar alguno á Chalon, para ayudar á escapar á su hijo; pero en aquel momento no tenía medios, ni persona de confianza á quien encomendarse.
—Si yo tuviera dinero...—dije.
—¿Qué?
—Que iría sin ningún inconveniente.
—¿De veras, Eugenio?
—Sí.
—Pues dentro de ocho días tendrás dinero.