Después, Arija y yo, fuimos al valle de Burón de Riaño y á las provincias de Valladolid y Segovia. Allí nos hicimos amigos de un albéitar gascón, legitimista, llamado Hipólito Montgiscard, que había ido á aquellos puntos á comprar mulas para el ejército francés.
Montgiscard era un tipo extraño, uno de esos tipos que, teniendo todos los instintos y la manera de ser de sus paisanos, los odian sin motivo.
Esto sucede rara vez en Europa, y con mucha frecuencia en América, en donde un español ó un italiano comienza de pronto á sentir un rencor por su país verdaderamente frenético.
A Montgiscard le había dado por ahí; no quería nada con los franceses, constantemente hablaba mal de ellos, calificándolos de franchutes, gabachos, etc.
Napoleón, el gran Napoleón, era su pesadilla. Tenía por el emperador una inquina personal un tanto cómica.
Montgiscard era tan antibonapartista que accedió á entenderse con nosotros en cuanto concluyera su comisión.
Entre Arija, Montgiscard y yo compramos más de cien cabezas de ganado caballar, que se enviaron con sus monturas en pequeñas secciones á la Sierra.
Volvíamos los tres hacia Burgos, cuando supimos á poca distancia de la ciudad, en la Venta de la Horca, que una división española, al mando del general Belveder, había sido atacada y dispersada por los franceses en la carretera, entre Villafría y el Gamonal. Los franceses habían entrado en la ciudad, entregándola al saqueo, y Napoleón había instalado allí su cuartel general y publicado un decreto de amnistía y una lista de proscripción.
Entramos en Burgos; las violencias de los franceses habían exacerbado al pueblo. Los pobres se marchaban al campo y las personas pudientes emigraban hacia el Mediodía.
Nosotros, el Director, Arija y yo, con la complicidad de Montgiscard el gascón, seguimos en nuestros preparativos.