Me dijeron en San Juan de Luz que iba á salir un barquito de Socoa para San Sebastián, y en vez de seguir por tierra, como más fácil y menos peligroso me decidí á ir por mar.

Llegué á San Sebastián é inmediatamente me presenté en la secretaría de la Casa de la Ciudad y estuve conferenciando con Alzate.

Mientras hablábamos, entró con una carta un cabo de chapelgorris, el cual esperó á que termináramos la entrevista.

Al despedirme de don Lorenzo, éste me dijo:

—Recuerdos á Eugenio.

—De su parte.

Salí de la secretaría, bajé á la plaza, y en el arco se me acercó el cabo de chapelgorris apresuradamente.

—¿Cómo está Eugenio?—me preguntó.

—Bien. ¿Qué, le conoce usted?

—¡Si le conozco! Desde chico. Algunas barbaridades hemos hecho juntos. Ya le habrá usted oído hablar de mí alguna vez.