—La verdad... no sé su nombre de usted...

—Yo soy Juan Larrumbide, pero mis amigos me llaman Ganisch.

—¡Hombre! ¡Usted es Ganisch!

—Sí.

Era un tipo alto, de unos cincuenta años, de muy buen aspecto, afeitado, la nariz larga, un poco roja; los ojos algo tiernos é inyectados, como de buen bebedor, y el aire socarrón.

Le dije á Ganisch que tendría mucho gusto en convidarle á cualquier cosa, siempre que mi barco no estuviese para partir, y fuimos juntos á una taberna de la calle del Puerto, frecuentada por marineros, que se llamaba «el Globulillo»; nombre inspirado, sin duda, en la medicina homeopática, pero mal aplicado, porque en aquella taberna no se administraba el alcohol en dosis pequeñas, ni mucho menos.

Ganisch era hombre aficionado al vino y hablador. Le hice contar su vida en tiempo de la guerra de la Independencia. Supongo que me dijo algunas mentiras, pero, aunque así fuera, su narración me sirvió para completar las memorias de don Eugenio.

Efectivamente; el quijotesco Aviraneta eliminaba de su narración una mujer. Sin duda le parecía indigno de su carácter revolucionario el intercalar en sus acciones de guerra una historia de amores.

Lo que contó Ganisch aclaró la vida de nuestro héroe.

Por el relato del antiguo camarada pude comprender también que aquel capítulo de novela titulado La Evasión, no era realmente un capítulo de novela, sino un episodio de la vida azarosa y llena de vicisitudes de mi querido y viejo maestro Aviraneta.