Ella escondía la cabeza entre las sábanas y lloraba con la mano de su hija apretada en la suya.

El capellán del hospital le dijo a la Paca que su hija había querido sacrificarse y dejar el mundo para redimir los pecados de la madre.

Fué un nuevo motivo de dolor para la enferma. Llorando suplicó a su hija que no se sacrificara por ella, que volviera al mundo, que fuera feliz; ella no merecía el sacrificio de un ángel; ella tenía muy merecidos el abandono, la deshonra, la enfermedad y la muerte en un hospital hediondo. Estrella la tranquilizaba y la decía que la vida de hermana de la Caridad era la que más le ilusionaba.

La madre lloraba acongojada, y cuanto más lloraba, estaba más triste y más resignada a morir. La Dávalos pidió perdón a todos y quiso que, al menos, una vez su hija le cantase una canción que solía cantar en la infancia. Sor María le preguntó al capellán del hospital si podía satisfacer este deseo de su madre.

—Sí, sí, ¿por qué no?

Estrella cantó, y parece que fué un espectáculo extraordinario en aquella sala triste, maloliente, iluminada por la luz turbia de los cristales verdosos de las ventanas enrejadas, ver a las mujeres enfermas con las entrañas carcomidas y quemadas que se incorporaban anhelantes en la cama y oían llorando la canción que cantaba la monja, que se elevaba sobre las miserias del mundo.

Unas horas después, Paca Dávalos moría dulcemente.


VIII.
LA LOCURA

¡Atrás! El negro demonio me persigue.