La castigaron varias veces a pasar días enteros en la guardilla a pan y agua, castigo brutal, no muy propio para enfermas desdichadas; pero el castigo no le hizo mella, y al volver a la sala insultaba al médico y a las monjas, y gritaba indecencias a todo el mundo.

Un día se presentó en el hospital una hermana de la Caridad, sor María de la Consolación. Era una mujer pálida, en el esplendor de la belleza. La hermana se acercó a la cama de la Dávalos, se arrodilló delante de ella y abrazó y besó a la enferma.

Esta se incorporó en la cama, contempló a la monja, dió un grito terrible, desgarrador, y se desmayó.

La monja era la hija de Paca, a la que hacía veinte años que no había visto, y era su vivo retrato; la misma corrección en el rostro, los mismos ojos profundos, humanos, la misma expresión de pureza y de dulzura.

Al recobrar el sentido la enferma creyó que la visita de su hija había sido un sueño; pero no, allá estaba Estrella, ahora sor María, que la acariciaba y la besaba como en otro tiempo.

El contraste era violento: la enferma, un montón de carne sin forma humana, llagada, horrible; su hija, una belleza pálida, serena, con un aire de fuerza y de dulzura.

En los días siguientes Paca Dávalos comenzó a llorar, y cuando venía su hija a verla le besaba la mano y le decía:

—Perdóname, he sido mala madre.

—No, no, no has sido mala madre para mí, y yo siempre te he querido.