—Aviraneta: ¡con qué gusto le hubiera fusilado a usted si le llego a coger en tiempo de la guerra!

Yo solía acompañarle al viejo general a tomar el coche de Tolosa hasta la fonda del Parador Real.

Unos años después, sintiendo de nuevo la nostalgia de la vida agitada de la Corte, volví a Madrid y me instalé con Josefina en un piso de la calle del Barco. Josefina tenía algunas amigas y pertenecía a una Junta de Caridad.

Un día, a una señora amiga de mi mujer le oí hablar de Paca Dávalos.

—La he conocido—dije yo—. ¿Qué le pasa?

—Es toda una novela.

La señora contó la historia con detalles.

Desde hacía algún tiempo, la Dávalos estaba enferma en el hospital de San Juan de Dios, en una sala, triste y obscura, que daba a la calle de Atocha, mal iluminada por unas rejas cubiertas de tela metálica.

Daba horror el ver a la pobre mujer: se hallaba cubierta de úlceras y de costras, sin pelo y con los ojos inflamados. Su enfermedad, la embriaguez y los últimos años de miseria habían hecho de aquella belleza espléndida un monstruo. Era algo horrible; pero más horrible que su aspecto, según la señora que la había visto, era su estado moral. Gritaba, cantaba coplas indecentes.

La mujer más tirada, la rabanera más desvergonzada, no hablaba como hablaba ella: tenía el prurito de lo escandaloso y de lo lúbrico.