En cada grupo de estos había un sinfín de escisiones, y los mismos revolucionarios de Madrid no obedecían siempre a la Junta de Salvación.

Ya enterado de quiénes eran los personajes más influyentes, escribí una carta al general Espartero y otra a don Joaquín Francisco Pacheco, que no me contestaron.

Mandé también un documento a don Evaristo San Miguel exponiéndole los hechos, y una esquela recordándole nuestra antigua amistad y nuestra fraternidad como masones, y San Miguel, inmediatamente que recibió mi esquela, mandó ponerme en libertad.


VII.
EL HOSPITAL

Tú, Señora,
dame agora
la tu gracia toda ora
que te sirva todavía.

Arcipreste de Hita: Libro de Buen Amor.

Tras de la cárcel fuí a San Sebastián con mi mujer; alquilé una casa en el barrio de San Martín y pasé allí cuatro años viviendo obscuramente, ocupado en leer libros y periódicos, escribir mis recuerdos y hacer una colección de insectos de conchas y de caracoles. El Gobierno me había dado el retiro, y mi sueldo era pequeño.

Tenía dos o tres casas en San Sebastián adonde iba de tertulia: la de Goñi, la de Alzate y la de Errazu, que eran parientes míos, y solía pasar largos ratos en la imprenta de Baroja. Aquí se reunían con frecuencia el general don Nazario Eguía, el manco; el intendente Arizaga, que influyó en el Convenio de Vergara; el general Van-Halen, Antonio Flores, el autor de Ayer, hoy y mañana, y otros.

Solíamos tener grandes discusiones, y varias veces me dijo el general Eguía: