Me metieron en un calabozo húmedo y obscuro, y estuve allí encerrado cerca de un mes. La vida para mí, en aquellos días, fué horrible. Dormía en el suelo, comía el rancho de la cárcel, y no podía hablar con nadie, mas que con algunos desdichados como yo que, pasajeramente, me hicieron compañía.
¡Qué miseria! ¡Qué pobreza! ¡Qué gente harapienta! Y, en medio de esta miseria, ¡qué modo de adaptarse y de vivir allí como en su propia casa! Había industriales que seguían dirigiendo su industria desde la cárcel; falsificadores que preparaban sus falsificaciones; un editor de periódico carlista que corregía sus pruebas.
La mayoría de los presos eran ladrones; pero había también conspiradores y revolucionarios. Entre ellos, conocí dos que me dijeron que se habían hecho prender a propósito, para ponerse de acuerdo con un preso que estaba en el Saladero.
Estos eran republicanos, y tenían preparado el complot de matar al general Espartero, a su entrada en Madrid, a tiros, desde una casa de la Carrera de San Jerónimo, que tenía salida por la calle del Pozo, y proclamar la República.
Yo conocía la casa, porque en ella habíamos tenido, en 1822, una venta carbonaria. Encontré el proyecto bien tramado en su primera parte; pero su segunda parte me pareció absurda. Les intenté convencer a los republicanos de que la República que ellos pudieran proclamar no duraría mas que horas. Se persuadieron y abandonaron el proyecto.
Cuando me sacaron de aquel calabozo me pusieron en comunicación, y mi mujer vino a verme; empezó a llorar al encontrarme en tal lastimoso estado. Me hallaba flaco, enfermo, sin poder tenerme en pie, con los ojos inflamados, lleno de parásitos, con la ropa interior sucia y casi podrida.
Empezó el juez a tomarnos declaración a las personas presas durante el período revolucionario, y la mayoría no teníamos la menor culpa ni la menor relación con los hechos que se nos imputaban. Habíamos sido casi todos enviados al Saladero por sospechas, por capricho de los sublevados; algunos eran, indudablemente, víctimas de venganzas particulares.
Le indiqué a mi mujer que fuera a casa de Istúriz y de otros amigos, y que se enterara de la situación en que había quedado la política.
Don Evaristo San Miguel fué nombrado por entonces ministro de la Guerra. Después de su nombramiento había tres núcleos revolucionarios importantes y rivales que trataban de anularse los unos a los otros.
Estos eran: la Junta de Salvación, Armamento y Defensa, con San Miguel de presidente, lazo de unión entre el Palacio y los revolucionarios de Madrid; el Cuartel General de O'Donnell, que obraba por cuenta propia, y la Junta de Espartero, que radicaba en Zaragoza.