—No sólo es el Mosca el que le denuncia a usted como amigo y cómplice de María Cristina—dijo uno de la Junta—; hay otros que afirman lo mismo.

—¿Quiénes son esos otros?—grité yo—. Que vengan, que muestren su cara.

—¿Niega usted su amistad con María Cristina?

—Niego la complicidad.

—Retírese usted—dijo el presidente.

Me tomaron por su cuenta dos andrajosos, me ataron en el patio en una cuerda de presos y nos llevaron al Saladero, rodeados por bayonetas.

—¡Son de la camarilla de la Piojosa!—decía la gente al vernos por la calle.

—Son los amigos de Sartorius.

—¡Mueran! ¡Mueran!—Y nos insultaban y nos tiraban piedras. Llegamos al Saladero.