Entramos en la casa de la Panadería y nos condujeron, al estudiante y a mí, ante un grupo de personas constituídas en tribunal. Era una junta revolucionaria. Nos interrogaron, e inmediatamente el estudiante fué puesto en libertad. Yo dije mi nombre, y no oculté mis amistades ni mi historia política.
Aquella Junta estaba formada por personas sensatas, y el presidente dijo que no había el menor motivo para mi detención.
—Puede usted retirarse—me indicó el presidente.
—¡Muchas gracias!
El Mosca salió detrás de mí y gritó:
—Hay que detener a este hombre. Es un cristino, un confidente de Sartorius, un consejero de la Piojosa.
—¡Señores!—clamé yo con todas mis fuerzas dirigiéndome al público—. El hombre que quiere detenerme es un carlista, un miserable que ha estado en la facción. Me odia, porque yo soy liberal, liberal de siempre. Yo fuí ayudante del Empecinado; yo hice el Convenio de Vergara, en que se dominó para siempre el carlismo. ¿Me vais a entregar a mí al capricho de un esbirro de la reacción?
Al mismo tiempo, el Mosca gritaba que yo era un traidor, amigo de Sartorius, de Salamanca y de Chico.
El público se dividió; yo iba ganando terreno cuando un desconocido propuso que nos llevaran, al Mosca y a mí, a la Casa de Correos, donde estaba reunida la Junta Suprema Revolucionaria.
En medio de un grupo de desharrapados llegamos a la Puerta del Sol y entramos en el Principal. Pronto vi que se tenía bien distinto procedimiento con el Mosca que conmigo, pues a él se le dejó en libertad en seguida. Llevado delante de la Junta, la ira que me devoraba me hizo pronunciar un discurso violento, en el cual dije que aquella revolución era una farsa, que estaba dirigida por moderados y hasta por carlistas, y que así podía darse el caso de que a un hombre como yo, que había peleado por la libertad con el general Empecinado y había sufrido persecuciones como liberal, se le quisiera encarcelar por la denuncia de un miserable que había peleado en las filas de Don Carlos.