—Bueno, vengan ustedes con nosotros.

Nos hicieron subir de nuevo la escalera de piedra y nos llevaron a la taberna que había en el ángulo de la plaza, que se llamaba el Púlpito.

Convidé yo a aquellos hombres a unas copas y nos hicimos amigos.

Iban a dejarnos libres cuando apareció el revendedor del Teatro Real, el Mosca, a quien el día anterior había visto en compañía de Castelo, y por la mañana en la calle Atocha. El Mosca, además de revendedor, era dueño de una barbería de la calle de las Fuentes. Yo le conocía algo y sabía que había estado en el campo carlista.

—Este es Aviraneta—gritó el Mosca al verme—, un amigo de María Cristina. Hay que llevarle a la Junta.

Se reunieron con el Mosca algunos granujas y desocupados, comparsas de todos los alborotos populares, y nos llevaron al Ayuntamiento.


VI.
EN EL SALADERO

Era de ver dormir algunos envainados, sin quitarse nada de lo que traían de día; otros, desnudarse de un golpe todo cuanto traían encima.

Quevedo: El Buscón.