—Yo creo que es preferible marchar por donde haya mucha gente. En las calles solitarias es donde es más fácil que una ronda le detenga a uno.

—Bueno; pues vamos por la Plaza Mayor.

Salimos de la taberna y entramos en la plaza por la calle del Siete de Julio. Había por todas partes grandes grupos de gente armada que iba y venía por en medio. Entonces no había jardinillos, ni fuentes, como ahora. Temía yo que alguien me conociera, pero pude cruzar la plaza sin obstáculo.

Vacilamos el estudiante y yo en tomar por la calle de Toledo o bajar por la escalerilla de piedra a la calle de Cuchilleros. Debíamos haber tomado por la de Toledo, siguiendo siempre el principio que era mejor marchar entre la gente que por sitios extraviados; pero me pareció que hacia la calle de Cuchilleros no había nadie y comenzamos a bajar por la escalera.

Ibamos por la calle de Cuchilleros cuando tres paisanos nos dieron el alto:

—¡Alto!

—¿Qué pasa?—pregunté yo.

—¿Quiénes son ustedes?

—Yo soy un médico—dije—, y este joven es mi ayudante.