—Ahora mi patrona no tiene más huéspedes que yo.
—Cree usted que me tomaría a mí?—le pregunté.
—Sí, hombre, ya lo creo.
—Yo necesitaría pasar diez o doce días escondido hasta que la efervescencia revolucionaria vaya decreciendo.
—Pues yo le llevaré a usted a esa casa; pero ahora mismo, no, porque tengo que ir al Hospital General.
—Bueno, entonces yo le esperaré a usted aquí mismo.
Volvió el estudiante a eso de las siete. Me dijo que habían fusilado a Chico y al Cano en la plaza de la Cebada, delante de la Fuentecilla. Chico había muerto con un valor extraordinario. Al parecer, en Madrid no se hablaba de otra cosa. Mucha gente protestaba de que Pucheta ordenara ejecuciones, como pudiera haberlo hecho Calomarde.
—¿Qué quiere usted hacer ahora?—me preguntó el estudiante—. ¿Prefiere usted ir a mi casa por donde hay mucha gente, o quiere usted que salgamos por la Cuesta de la Vega y, dando la vuelta por la ronda, subamos por las Vistillas a la Carrera de San Francisco?
—Me parece mejor ir por dentro del pueblo. Salir y entrar será peligroso.