Salí de la iglesia a la plazoleta que hay en la parte de atrás de San Ginés, y estuve vacilando en tomar por la calle de Coloreros, o por la de Bordadores.
—¡Pensar que el ir por una o por otra puede influír en mi destino!—me dije.
Estaba así vacilando cuando recordé que en la calle de Coloreros había una taberna y tienda de comestibles de un asturiano conocido mío.
—Voy a ir a allí.
Al salir por la callejuela me encontré con un estudiante de Medicina que visitaba al médico vecino de mi casa. Este muchacho era ayudante de un doctor afamado. Nos saludamos.
—¿Ha comido usted ya?—le pregunté.
—No.
—¿Quiere usted que comamos aquí en un figón de un asturiano que yo conozco?
—Vamos.
El asturiano me recibió bien y nos llevó al estudiante y a mí a un cuarto muy limpio y bien arreglado. Mientras comíamos le conté al estudiante la situación en que me encontraba; le pregunté dónde vivía él, y me dijo que en una casa de huéspedes de la Carrera de San Francisco que tenía como pupilos algunos seminaristas que, por entonces, estaban de vacaciones.