—Yo no me arrepiento de nada—le dije—. Creo que he hecho lo que debía hacer.

—No hay justicia, Aviraneta, no hay justicia—murmuró él.

—Naturalmente. En la política no puede haber justicia. En la política, como en la vida, no hay mas que fuerza y éxito—repliqué yo con dureza—. Se manda y se hace lo que se quiere; no se manda, y ¡buenas noches!

Saludé a Istúriz fríamente. Y me marché a la calle pensando que el hombre no me había ofrecido su casa para que descansara en ella un momento.

Como tenía ya todos mis posibles recursos agotados fuí a la iglesia de San Ginés y me senté en un banco, dispuesto aunque fuera a pasarme allí el día entero.

Estuve al lado de un matrimonio joven con un niño, que hablaban y sonreían y no tenían más preocupación que la de ir por la tarde a casa de una pariente suya. Oí dos o tres misas y me quedé solo.

¡Cuán distinto hubiera sido mi destino si en vez de decidirme a defender con tesón las ideas liberales hubiera ingresado en la juventud entre los moderados o entre los absolutistas!

—Ahora hubiera sido general, ministro o arzobispo de Toledo. Su Excelencia Aviraneta, monseñor Aviraneta, no hubiera estado mal.

Pensaba mil cosas para entretenerme y pasar el rato.

A las primeras horas de la tarde el sacristán se me acercó, mirándome con recelo, y me dijo que iba a cerrar la iglesia. Tenía entonces yo la impresión que debe experimentar el animal acosado y perseguido. Ya no era el hombre joven que puede discurrir con precisión y seguridad y a quien se le ocurren ideas y proyectos rápidamente; tenía ya sesenta años y mi inteligencia funcionaba con más pesadez que en mis tiempos juveniles de conspirador. No encontraba en mí mismo mas que pobres recursos, y muchas veces el miedo me turbaba y me inspiraba soluciones desesperadas, como la de presentarme al Gobierno revolucionario para que hiciera de mí lo que quisiera.