Se me ocurrió entrar en casa de Istúriz, que vivía allí cerca, en la Cuesta de Santo Domingo. Tardaron mucho en abrirme la puerta. El hombre estaba trastornado, temiendo que le asaltasen la casa. Había presenciado en los días anteriores la lucha de los sublevados y la tropa, en la misma calle, y aquel día, el paso de Chico entre la multitud.
Le expliqué la situación en que me encontraba, sin poder volver a casa, y a esta circunstancia le di un carácter cómico.
—¿Y qué va usted a hacer?—me preguntó Istúriz.
—Estoy dispuesto a sufrir la muerte con paciencia. Ya he vivido bastante.
—Pero esto es un error. Esos hombres no tienen memoria.
—¡Qué quiere usted! Todos los pueblos son desagradecidos.
—Pero, ¿qué aspiran? ¿Qué desean?
—Siempre hay algo más que aspirar y que desear.
—Es la anarquía que se nos echa encima. Nosotros tenemos la culpa, Aviraneta—exclamó—. ¡Oh, si ahora empezara a vivir!