—¡Muera Chico! ¡A la horca! ¡A la horca!

—Eres un valiente—dije yo en mi imaginación dirigiéndome a él—; podrás tener tú la culpa, y el pueblo la razón; pero mi simpatía va hacia el hombre templado que marcha al suplicio con la sonrisa en los labios más que a la turba aulladora y cobarde.

Pasó la procesión y la multitud se derramó por la Costanilla de los Ángeles y por la Cuesta de Santo Domingo. Castelo y la Paca Dávalos, agarrándose del brazo, se alejaron por la calle de Tudescos. Parecían dos viejos; él, raído y encorvado; ella, torcida, con una manera de andar de paralítica.

Les miraba alejarse y me parecían los supervivientes de un naufragio; más aún: me parecían los restos del barco que las olas echan sobre la playa.

Casi encontraba mejor acabar la vida como Chico, llevado en unas parihuelas sobre el odio popular, que perderse así, encorvados y renqueando, por la sombra de una callejuela.


V.
ACOSADO

Se sufre más cuando se sufre solo y se deja tras de sí los dichosos.

Shakespeare: El Rey Lear.

Cuando se despejó la plaza, bajé del billar al café y salí a la calle. Los alrededores habían quedado desiertos. La comitiva de Chico barrió los lugares adyacentes, llevando a todo el mundo tras ella.