Pero no sólo estaban ellos. Castelo y la Paca Dávalos se hallaban agazapados en la esquina de la calle de Tudescos contemplando el paso de la multitud. Yo los veía de cerca. Se habían disfrazado; él llevaba pantalón corto y calañés; ella, un mantón obscuro.
¡Qué expresión de ansiedad, de odio, de triunfo había en sus miradas! ¡Qué momento de pasión estaban viviendo ambos!
Veían correr en su imaginación la sangre del hombre que les había ofendido e inundar el suelo y el aire y convertirse en una aurora boreal. Quizá creían también que esta venganza les había de bastar para ser felices.
Durante un momento creí que Chico veía a sus enemigos desde lo alto de las andas; pero si los vió apartó de ellos la vista con indiferencia y siguió abanicándose con su aire frío y desdeñoso.
Daba Chico la impresión de un hombre que había llegado a un tal desprecio por la vida, que la muerte se le presentaba como un accidente de poca importancia.
—¡Canalla! ¡Granuja!—decía la gente.
—Mira cómo mira—añadía una comadre.
—Tiene cara de pocos amigos.
—Cara de Judas.
—Dios nos libre de un hombre así.