—¡Muera Chico! ¡A la horca! ¡A la horca!—volvió a vociferar la multitud.

—¿Adónde lo llevan?—preguntó un mozo del café a uno de la calle.

—A la plaza de la Cebada, a quitarle la vida.

—Lo tiene muy merecido.

El amo del café hizo un gesto de molestia; pero no dijo nada.

El pueblo, con ese sentimiento simplista de las multitudes, creía, sin duda, que bastaba con quitar de en medio a Chico para que todos los atropellos desaparecieran.

Días antes habían matado las turbas a otro policía apodado el Pocito.

Yo estaba inquieto; pero haciéndome el hombre tranquilo e indiferente, me senté en una silla en el balcón, encendí un cigarro y me puse a fumar.

La comitiva esperó unos minutos en la plaza de Santo Domingo, sin saber qué dirección tomar, hasta que debió venir la orden de seguir por la Costanilla de los Ángeles.

Noté, con sorpresa, que los que capitaneaban a los amotinados eran casi todos los que se encontraban el día anterior en compañía de Castelo. Estaban Pucheta, el Mosca y el periodista, pequeño y pálido, picado de viruelas y con anteojos. De su grupo partían más rabiosos los gritos de «¡Muera Chico!»