Después vimos un tipo mal encarado, con bigote y patillas, vestido con andrajos, con una faja encarnada en la cintura y un sombrero catite en la cabeza, que llevaba, como un estandarte, un retrato grande en un palo.

—¿Quién es?—nos preguntamos todos—. ¿De quién es esa imagen?

Nadie lo sabía.

Luego, como un paso de Semana Santa, sentado en un colchón y sostenido en unas parihuelas apareció en la plaza de Santo Domingo un hombre flaco, amarillo, ictérico, como una momia, ya viejo, con patillas grises.

Iba medio desnudo, cubierto con una camisa blanca y un pañuelo en el cuello, un gorro de color en la cabeza y en la mano un abanico, con el que se abanicaba tranquilamente. Su expresión era fosca, amarga y casi burlona.

A no ser por los dicterios que le dirigían las turbas, se le hubiera podido tomar, por su actitud tranquila y displicente, por un reyezuelo de una tribu que se paseaba en andas entre sus vasallos.

—¿Quién es este hombre?—preguntamos varios.

Los gritos, ya distintos, que se oyeron a poco, de «¡Muera Chico! ¡A la horca! ¡A la horca!», nos hicieron comprender que el hombre que llevaban en las parihuelas, como un paso de Semana Santa, era el célebre jefe de policía de Madrid. Al lado suyo iba una mujer, que dijeron era la de Chico, y detrás, el portero de su casa, a quien llevaban a empujones.

Este era un ex policía apellidado Dendal y apodado el Cano, a quien se había dirigido la gente para prender a Chico, y que había intentado salvar al jefe.

Se le consideraba como uno de los sabuesos y de los confidentes de Chico.