—Hay gran alboroto en la calle Ancha. La gente viene hacia aquí gritando.
—¿Qué pasará?
El amo del café mandó cerrar inmediatamente la puerta y las ventanas.
—¿Usted quiere salir ahora?—me preguntó a mí.
—Esperaré a que pase el tumulto.
—Tiene usted razón. Con estos alborotos constantes no se sale ganando nada.
Con el cierre de la puerta y de las ventanas el café había quedado casi a obscuras.
—¿Quiere usted subir al billar?—me dijo el mozo que me había servido—; desde allí puede usted ver muy bien lo que pasa.
Subí por una escalera de caracol a la sala de billar y me asomé a un balconcillo del piso entresuelo. Venía de la calle Ancha una masa de gente harapienta, zarrapastrosa, formada principalmente por mujeres y chicos, que vociferaban y daban alternativamente vivas y mueras. Algunos hombres armados con fusiles, pistolas y garrotes se veían entre la multitud.