Mesonero Romanos: Escenas Matritenses.
Hay casas que por su aspecto dan una impresión siniestra e inclinan a pensar que son propicias para crímenes, intrigas y misterios. Son casas sombrías, obscuras, colocadas en callejones angostos, llenas de pasillos y de encrucijadas, de cuartos irregulares y de guardillones abandonados. Son casas para servir de base a folletines, a melodramas y a comedias de capa y espada.
La casa de los Capellanes de las Descalzas Reales de Madrid, Misericordia, 2, aunque por dentro era folletinesca, melodramática y de capa y espada, por fuera era una casona grande, ancha y de buen aspecto. Estaba contigua a la iglesia y hacía esquina a dos calles: a la de la Misericordia, calle muy corta, puesto que no tenía mas que un número por un lado, y ninguno por el otro, y a la de Capellanes, que bajaba desde la calle de Preciados a la plaza de Celenque.
El barrio de las Descalzas era entonces, y es todavía, un islote tranquilo y desierto, en medio de la animación de unas vías tan frecuentadas como la del Arenal y la de Preciados.
En aquel tiempo, en la plaza de las Descalzas, enfrente del Monte de Piedad primitivo, había una fuente con una estatua de Venus, la antigua Mariblanca, trasladada a allá desde la Puerta del Sol, donde estuvo muchos años.
El convento de las Descalzas Reales había sido el palacio del Emperador Carlos V en el Campo de San Martín y abarcaba una gran extensión de terreno.
El Monte de Piedad primitivo era un accesorio del palacio, luego convertido en convento; antiguamente comunicaban los dos edificios por medio de un arco que pasaba por encima de la calle de la Misericordia.
El Monte de Piedad tenía una portada de gusto plateresco, semejante a la de las Descalzas, severa, de buen gusto, y a un lado, otra construída en pleno siglo xviii, de lo más exagerada y barroca en el estilo churrigueresco.
La plaza de las Descalzas era entonces más bonita que ahora, pues no tenía los edificios de ladrillo blancos y rojos del Monte de Piedad que recuerdan los trajes de baño. Estaba también más animada. En la fuente de la Mariblanca había siempre aguadores tomando agua o sentados en sus cubas, y en el resto de la plaza se estacionaban un sinnúmero de carros, y los carreteros formaban sus corrillos al aire libre.
No se veía mucha gente por esta plazuela irregular y triste; sólo algunos desventurados, que marchaban a empeñar algo y que buscaban para su comisión las horas del anochecer, y los domingos y los días de fiesta, los vecinos del barrio, que iban a misa.