La casa de los Capellanes, antigua propiedad de las monjas, era una casa vieja; pero no tenía aire decrépito; su vejez era una vejez fuerte y sana; estaba pintada de ocre, con grandes desconchaduras, y tenía un piso bajo con rejas; el principal, con cinco balcones anchos espaciosos, y el segundo, con balconcillos; sobre el tejado, saliente, se destacaban guardillas con sus ventanas de cristales verdosos y chimeneas antiguas de ladrillo, medio derruídas, y otras modernas, de hierro, que echaban tenues columnas de humo en el aire, siempre claro, de Madrid.

Por las rejas de la calle de la Misericordia y de la de Capellanes se veían sacos y bolas de sal, menos en una de una encuadernación, donde se divisaban montones de papel y una prensa de madera; en el piso primero, a través de los cristales, aparecían unas cortinas rojas desteñidas, y en el segundo, visillos amarillentos.

Hacia 1823, esta casa fué vendida por el Estado, y en 1835 era dueño de ella don Tomás Manso, que vivía en el primer piso y tenía el bajo dedicado a almacenes de sal.

Desde entonces, entre la gente, el nombre de la casa de los Capellanes se iba sustituyendo por el de Casa de la Sal.

Le habían quedado a este edificio varias servidumbres, de cuando era anejo a la iglesia, y por su escalera pasaban el capellán y el sacristán de las Descalzas para sus habitaciones respectivas, y dos frailes franciscanos, confesores de las monjas clarisas del convento inmediato. Esta casa tenía una puerta grande de dos hojas, con clavos pequeños, y un postigo en una de ellas. El zaguán, empedrado con losas, era espacioso, y del centro del techo colgaba un farol; a un lado, próximo a la calle, había un puesto de zapatero remendón, y en el fondo, una covacha de madera pintada de amarillo. A mano izquierda de la covacha comenzaba una escalera vieja y apolillada, y a mano derecha había una mampara de cristales con una puerta, por la que se pasaba a un patio con arcos. Este patio tenía en una esquina una puerta que daba a los almacenes, y en la otra, un pasillo obscuro que conducía a otro patio pequeño, con un arbolito enclenque. El patio grande estaba enlosado, y tenía en una de sus paredes una parra, que regaba con un bote el encuadernador, que vivía en uno de los cuartuchos interiores del piso bajo. Esta parra daba al patio cierto aire aldeano. Toda la planta baja estaba formada por sótanos, crujías y almacenes negros y abandonados, con las paredes salitrosas. Uno de estos almacenes, en el que no entraba nadie, tenía una fuentecilla rota que representaba una cabeza de Medusa. La Gorgona, de piedra, estaba borrosa, a fuerza de golpes.

En los cuartos interiores, a los que se llegaba por una escalera obscura, vivían gentes raras: un medio mendigo, que andaba por las iglesias; una señora y su hija, venidas a menos, que cosían para fuera, y una vieja pequeña, arrugada y negra, que cuidaba de las sillas de las Descalzas.


II.
FAUNA Y FLORA DE LA CASA

Yo soy misántropo y odio el género humano. En lo que te concierne, siento que no seas un perro; quizá podría amarte algún poco.

Shakespeare: Timón de Atena.