El que entraba en el viejo caserón de los Capellanes y subía desde el portal a las guardillas, he aquí lo que iba viendo:
El primer encuentro, naturalmente, era el del portero y zapatero remendón Francisco Cuervo, un antiguo soldado del ejército de la Fe, del año 23, donde se había reunido la flor y nata de los bandidos y criminales de todas las Españas.
Francisco Cuervo, alias Paco, don Paco, Paquito, don Paquito, Cuervo, el Cuervo y el Chepa, porque tenía la espalda de jorobado, era hombre de unos cuarenta y cinco años, de aire frío y siniestro.
El Cuervo manifestaba cierta mala sangre y cierto ingenio. Era un misántropo. Tenía réplicas incisivas y ocurrentes. Una vez uno de los carreteros que llevaban la sal a la casa le contaba con un gran lujo de detalles sus infortunios conyugales. El Cuervo, después de oírle burlonamente, le dijo:
—¿Sabe usted lo que le digo?
—¿Qué?
—Que vale más que eso le haya pasado a usted que no a otro.
—¿Por qué?
—Porque otro no hubiera tenido su paciencia.
Y el Cuervo dió una puntada al zapato que estaba componiendo. Al Cuervo le gustaba mortificar a la gente. Cuando fué cabo de voluntarios realistas se distinguió por su maldad más que por su valor. A su mujer, de aspecto débil y enfermizo, la dominaba y martirizaba con saña.