—Es falso—decían los que negaban este rumor—. Ella es capaz de eso y de mucho más; pero él, no.
Juanita unía a su descoco una mala intención señalada y mordía cuanto podía y como podía en la fama de las mujeres de la vecindad.
En el primer piso de la casa vivía el dueño, don Tomás. Este hombre tenía ya cerca de sesenta años y estaba casado con una mujer joven y bonita. Don Tomás era hombre alto, delgado, pálido, afeitado cuidadosamente, con el pelo cano, siempre vestido de negro.
Su perfil era de medalla antigua; tenía una cara de esas que parecen de plata, una cara reconcentrada y grave. Don Tomás era gran trabajador, gran madrugador, muy ordenado y meticuloso. Prestaba dinero a rédito de una manera un tanto usuraria; pero era capaz de hacer un favor y de dar dinero sin interés. Había favorecido en repetidas ocasiones a la familia suya del pueblo; pero estaba convencido de que había hecho mal, porque no había obtenido más que olvidadizos y desagradecidos.
Don Tomás creía firmemente en la maldad humana. De ahí que fuera un absolutista fiero. Para él el hombre debía estar siempre sujeto y atado como un perro de presa para que no mordiese.
Solía vérsele a don Tomás, de día, recorriendo el almacén, y por las noches, armado de una linterna, en compañía del Cuervo, registrando la casa. La habitación donde vivía don Tomás representaba muy bien el carácter de su dueño. Era una casa lóbrega, obscura, en que constantemente estaban cerrados los cuartos; tenía una sala de respeto de color rojo, con una sillería de damasco, con todas las sillas pegadas a las paredes, y en el techo, una araña de cristal. El comedor era triste, recibía la luz por la cocina, y las alcobas, sin luz y sin ventilación, estaban llenas de armarios, de cómodas y de baúles, de estampas de santos y de algún Niño Jesús metido en un fanal, con falditas y una bola de plata en la mano.
De unas habitaciones a otras se pasaba subiendo o bajando varios escalones.
El despacho de don Tomás era un cuarto grande con una ventana al patio de vidrios pequeños y emplomados y un papel amarillo desteñido. Tenía un armario alacena hecho en el hueco de la gruesa pared, con unas cortinillas verdes sobre los cristales, un buró de caoba, sillas también de caoba y una caja de caudales de hierro. Sobre la mesa, y en la pared, había un crucifijo de marfil y una estampa con la imagen del infante don Carlos.
El suelo del despacho era de baldosas rojas y solía estar cubierto por una estera amarilla en invierno. En un ángulo, sobre un estante, había varios libros de comercio, de pasta verde, con las cantoneras de cobre. En este despacho, triste y frío, don Tomás trabajaba invierno y verano, vestido siempre de negro y con un gorro también negro. Don Tomás no tenía nunca fuego en la casa.