Don Tomás guardaba el dinero en unos capachos pequeños, donde ponía los duros, las pesetas y los cuartos, y tenía una gran cartera para los billetes de Banco.
Desde la puerta mampara del corredor se le veía escribiendo con una pluma de ave, con una letra española de finos gavilanes, dedicándose a estas fórmulas tan queridas por los españoles: «Mi querido amigo y dueño: Su majestad el Rey, que Dios guarde, etc., etc.»
Don Tomás no salía casi nunca de día. Al anochecer se vestía con cierta elegancia, se ponía camisa y cuello limpio, la capa, el sombrero de copa alta, el bastón, y se marchaba a la calle, siempre muy serio y grave.
Al volver a casa encendía una vela y volvía a su despacho, donde solía estar escribiendo.
Don Tomás trataba de convencer a todos que el mundo había degenerado de tal manera que nada era digno de interés.
En el piso segundo, en la parte que daba a la calle, tenía una casa de huéspedes una señora gruesa, doña Leonarda, casada con un francés. Era una casa de huéspedes de gente acomodada, en donde se comía bien. El pupilo más antiguo era un tal don Jacinto, un viejo currutaco, agente de negocios, que iba a todos los teatros y fiestas y visitaba a don Tomás. En esta casa vivía también don Luis, el amante de la Juanita.
Un poco más arriba que la casa de doña Leonarda, la escalera se bifurcaba y había un arco que daba a la habitación de los frailes. Después, más arriba, volvía a bifurcarse la escalera, y por otro arco se pasaba al cuarto del capellán de las Descalzas. Estos dos arcos constituían la servidumbre de la casa.
Unas escaleras más arriba había un cuarto grande y largo, con tres ventanas, que abarcaba una de las paredes del patio.