Este sotabanco se hallaba hecho primitivamente sobre el tejado y estaba sin baldosas y sin cielo raso. Había allí relojes parados, cajas cerradas, sacos y, en un estante, una porción de instrumentos de platero.
El padre de don Tomás había tenido este oficio, y el mismo don Tomás lo había practicado en su juventud.
Por la parte de atrás el sotabanco tenía una puerta pequeña, con un montante que daba a una escalera estrecha.
Por esta escalera se llegaba a una azotea abandonada, con unos palos podridos y unos trozos de cuerdas de esparto.
Más arriba, y al otro lado del sotabanco, estaban las guardillas, en donde dos dependientes de don Tomás, Burguillos y el Morenito, tenían sus viviendas.
Burguillos, ex sargento realista, había establecido sobre el tejado una azotea de tablas, con un barandado de madera, y puesto luego unas cajas con plantas en su terraza, que cuidaba y consideraba como los jardines colgantes de Nínive.
Vigilante de esta terraza era el gato Manolo, que cazaba golondrinas y vencejos, y era tan listo como su amo.
Desde la azotea de Burguillos, hecha de contrabando, pues las monjas de la vecindad, de saber que había allí un observatorio, no lo hubieran permitido, se abarcaba el jardín de las Clarisas, que tenía un estanque, y se veía pasear a las profesas y trabajar al jardinero.
Burguillos era manchego, hombre de cara dura y juanetuda, bigote entre cano, orejas como aventadores, frente pequeña y estrecha y color cetrino. Burguillos, flor de pedantería castellana, hablaba siempre ex cathedra, con esa perfección que a algunos encanta y que, en general, no consiste mas que en el uso de lugares comunes. La frase, el refrán, el como dice el otro, estaban siempre en sus labios. Burguillos se creía la ciencia infusa, sabía hacer de todo; pero de todo mal, por lo que sus enemigos le motejaban de chapucero. Hablaba por sentencias y era extraordinariamente dogmático. Este manchego tenía una hija muy guapa, la Pepa, una mujer con ideas de manola, tan redicha como su padre, de quien, al parecer, había heredado su manera de hablar recortada y sabihonda. La Pepa era costurera y aficionada a toda clase de desplantes.
La Pepa, moza vistosa, morena, tenía unos ojos negros, grandes, brillantes, de estos ojos que parecen reflejar mejor el mundo exterior que la vida del espíritu.