Burguillos albergaba un huésped, un empleado del Monte de Piedad, don Plácido del Moral. Don Plácido, hombre de unos cincuenta años, seco, espartoso, vivía muy humildemente.

Don Plácido era soltero, económico y avaro. Decía a todo el mundo alguna frase amable; cerraba su guardillita, como decía él, y no permitía que nadie entrara en ella.

Era hombre bastante ilustrado, de buena memoria, que sabía latín. Le hacía copias de documentos al capellán mayor de las Descalzas. Compraba la ropa y los sombreros en el Rastro, y leía las Odas de Horacio, en latín, en un viejo ejemplar grasiento.

Don Plácido había sido un gran aventurero: había estado en América y tomado parte en la guerra de la Independencia y en las luchas de los años constitucionales. Su falta de imaginación extraña le hacía contar con tan poco encanto lo visto por él que, al oírle, su vida de militar no parecía mas que una serie de fechas de salida de un pueblo y entrada en otro. La guerra para él era una cosa burocrática y aburrida.

El otro empleado de la casa, el Morenito, era un hombre muy callado; tenía la cara amarilla, los ojos pequeños, brillantes, como granos de café tostado, el bigote negro y el traje negro. Daba la impresión de una urraca.

De los frailes franciscanos que vivían en la casa y eran confesores de las monjas, el más constante era el padre Cecilio, un fraile grueso, abultado, poco inteligente y, por eso quizá, predicador favorito de las monjas.

Le solía acompañar un lego, el hermano Félix, un hombre grueso, grasiento, como derrengado, con una manera de andar de pato, unos ademanes afeminados y una voz atiplada. El hermano Félix había estado largo tiempo rasurado; pero después de la matanza de frailes se dejaba la barba, negra y cerrada. Este hermano Félix era un tipo repulsivo e inquietante.

El capellán mayor, don Bernardo, tenía una cara de aldeano castellano, dura y ceñuda; pero era buen hombre. No trataba apenas con nadie, no miraba de frente y estaba dedicado a estudios históricos.

Cuando alguno lo visitaba le veía escribiendo en una mesa pequeña, rodeado de manuscritos y de libros viejos, en un pequeño despacho con estantes llenos de tomos en pergamino. Por entonces estaba componiendo la historia de algunas comunidades religiosas.

Don Bernardo era gran latinista e historiador concienzudo, con lo cual no ganaba favores ni amistades.