—Antes que nada, la verdad—solía decir rudamente y mascullando las palabras.
Con este espíritu verídico no quería meterse en cuestiones de moral y de dogma, comprendiendo que podía venirse abajo su fe.
Don Bernardo decía misa en las Descalzas, pero por cualquier motivo se quedaba en casa y no iba a la iglesia. Siempre inclinado a la transigencia en cuestiones de moral, contrastaba con el padre Cecilio, que era intransigente y fanático. Don Bernardo encontraba precedente para todo; así que él y el fraile franciscano de la vecindad no se tenían la menor simpatía.
Había quien aseguraba que el padre Cecilio odiaba profundamente a don Bernardo, y que don Bernardo despreciaba en general a los frailes, y sobre todo a los de la vecindad.
La casa de los Capellanes, antes como un pólipo unido a la iglesia y al convento, tenía su vida propia.
Se dice que cada casa es un mundo. Aquella lo era. Había sus preocupaciones, sus enredos amorosos y sus misterios. La Pepa de Burguillos, la Juanita y las muchachas de casa de don Tomás y de la casa de huéspedes daban pábulo a la murmuración.
Se hablaba de que don Tomás guardaba secretos; se decía que debajo de uno de los almacenes de sal, del que tenía en la pared una fuente de alabastro con una cabeza de Medusa, había una cueva con grandes subterráneos, y que estos subterráneos comunicaban por galerías con el convento de las Descalzas y con el Palacio Real.
Burguillos, que a veces trabajaba de albañil, aseguraba haber recorrido parte de estos subterráneos.
Como moluscos agarrados a una roca vivía aquella parte de humanidad en el viejo caserón.